Monday, 14 September 2026

Por Dr. Miguel Ángel Gallegos, Abogado Criminalista
Hay una pregunta que me parece más inquietante que la reconstrucción de cualquier ataque: ¿cuándo empieza realmente la violencia?

Para el Derecho Penal, la respuesta es relativamente clara: comienza a interesar cuando lo que alguien hace permite hablar de tentativa, amenaza, lesión o de otra conducta castigable. Para la criminología preventiva, es más incómoda: un ataque puede haber comenzado como proceso mucho antes de hacerlo como delito, y ese es precisamente el intervalo en el que la prevención conserva alguna ventaja.

El episodio de la Facultad de Medicina me obliga a mirar ese territorio, no para reconstruir una profecía con antecedentes que hoy parecen transparentes porque conocemos el desenlace ni para afirmar que el ataque era predecible. El problema es otro: ciertas violencias dirigidas pueden estar precedidas por transformaciones conductuales -fijación creciente sobre una persona, aproximaciones, investigación, planificación, preparación- que adquieren relevancia cuando se observan como evolución y no como episodios aislados.

J. Reid Meloy llamó warning behaviors a determinados cambios dinámicos que pueden acompañar un aumento o aceleración del riesgo de violencia intencional. No son predicciones ni permiten identificar proféticamente al futuro agresor: obligan a mirar la conducta longitudinalmente y preguntar si está cambiando de dirección. Veo ahí una inversión importante: la prevención no debería concentrarse en quién es peligroso, sino en si una conducta está adquiriendo dirección hacia la violencia.

El Secret Service de los Estados Unidos llevó esta distinción a uno de los principios centrales del threat assessment: la pregunta no es simplemente si alguien hizo una amenaza, sino si su conducta permite considerar que representa una amenaza. En su estudio clásico sobre ataques escolares, menos del 20% de los atacantes había comunicado una amenaza directa o condicional a quien luego sería blanco del ataque; más del 80%, en cambio, había expresado previamente a terceros información relacionada con sus intenciones o planes; aunque esos porcentajes no nos pertenecen, la enseñanza conceptual permanece: una amenaza verbal y una trayectoria hacia la violencia no son la misma cosa.

Alguien puede pronunciar una frase aterradora sin estar preparando una agresión, mientras otra persona puede no formular jamás una amenaza explícita y, sin embargo, investigar, aproximarse, adquirir medios, seleccionar oportunidades o ensayar mentalmente un ataque. La palabra puede ser visible y la trayectoria, silenciosa.

A partir de allí funcionan dos relojes. El jurídico pregunta cuándo una conducta adquiere relevancia suficiente para habilitar una consecuencia legal; el preventivo necesita mirar antes. Si esperamos a que ambos marquen la misma hora, probablemente habremos llegado tarde.

Pero ahí empieza también lo que juzgo el problema más peligroso: la prevención necesita intervenir cuando todavía no puede demostrar que el ataque ocurrirá, y una sociedad que pretende evitar violencia no puede resolver esa incertidumbre castigando posibilidades.

Considero brutal la fórmula, pues si aguardamos al delito, el daño ya ha adquirido consumación; si castigamos antes del delito, hemos creado otra cosa peligrosísima: habríamos sustituido el Derecho Penal del hecho por alguna forma de Derecho de sospecha, donde el futuro imaginado produce consecuencias contra una persona antes de que exista el comportamiento que las justificaría. El espacio difícil está entre ambos extremos. No se trata de castigar antes, sino de saber qué intervenciones pueden ser legítimas: evaluar, acompañar, limitar proximidades cuando corresponda, ofrecer atención especializada, proteger a potenciales blancos y graduar respuestas sin convertir riesgo en culpabilidad. Gestionar una amenaza potencial no equivale a declarar culpable a quien todavía no ha cometido el delito temido.

Entonces aparece una paradoja social y jurídica aún más incómoda. Después de un ataque, el pasado cambia de aspecto: conductas antes equívocas adquieren una claridad extraordinaria; lo que parecía excentricidad se vuelve señal, un incidente se convierte en antecedente y lo que nadie sabía interpretar parece obvio una vez conocido el desenlace. Cuando la prevención fracasa surge inevitablemente la pregunta: ¿cómo no lo vieron?

Pero invito al lector a imaginar lo inverso, que también es muy válido. Una institución detecta una trayectoria preocupante, interviene intensamente y el ataque nunca ocurre. Entonces aparece otra pregunta: ¿con qué derecho intervinieron si finalmente no pasó nada? Esa es la paradoja: cuando la prevención fracasa, el peligro parece obvio; cuando funciona, puede parecer abuso.

La razón es profunda: una prevención exitosa elimina precisamente el acontecimiento que habría demostrado su necesidad. Si el ataque ocurre, el desenlace reorganiza retrospectivamente las señales; si no ocurre, nunca sabremos con certeza si la intervención modificó una trayectoria que habría terminado en violencia o si esa violencia jamás habría sucedido. La prevención exitosa destruye su propia prueba.

Ese problema obliga a abandonar una fantasía cómoda: que prevenir consiste en reconocer señales inequívocas. Las importantes suelen parecerlo sólo después; antes admiten explicaciones distintas y deben evaluarse sin la información privilegiada que proporciona el futuro.

Por eso creo que el ataque de Medicina deja una pregunta más difícil que quién conocía determinado antecedente o por qué una institución no transmitió cierta información. La verdaderamente criminológica es: ¿qué puede hacer una sociedad cuando una conducta comienza a parecer una trayectoria hacia la violencia, pero todavía no existe suficiente violencia para llamarla delito?

Esperar certeza puede significar esperar el ataque. Fabricarla anticipadamente significa sacrificar garantías. Entre ambos extremos se encuentra uno de los territorios más incómodos de la prevención contemporánea: actuar antes de saber, sin castigar antes de probar.

El cuchillo resuelve brutalmente la incertidumbre. Pero cuando la resuelve, ya no queda nada por prevenir.


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